C. Elisa Dufoo-Hurtado

Dra. Rocio Campos-Vega

Universidad Autónoma de Querétaro

 

Derivado de los cambios en el estilo de vida de la población, la alimentación ha sufrido modificaciones importantes, por ejemplo, tener hábitos alimenticios inadecuados que provocan una baja calidad nutricional, un alto contenido de grasas y azúcares, así como una reducción importante en el consumo de alimentos frescos. Esto ha contribuido, en parte, a que se dé un incremento en el riesgo del desarrollo de enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT), las cuales hoy en día representan uno de los mayores retos que enfrenta nuestro sistema de salud. 

La importancia de estas enfermedades radica en el gran número de personas afectadas, su creciente contribución a la mortalidad general, su aparición a edades más tempranas, así como la complejidad y costos elevados para su tratamiento. Dentro de estos padecimientos se incluyen las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, la obesidad y la diabetes, que se caracterizan por ser multifactoriales y tener otros desencadenantes que incluyen la predisposición genética y el medio ambiente en que vivimos. En este sentido, se ha optado por estrategias de prevención que incluyan cambios en el estilo de vida, en donde un elemento clave es la dieta.

Se ha demostrado que en países que se apegan a la reconocida “dieta mediterránea”, como Italia y Grecia, presentan menos muertes por enfermedades cardiovasculares y cáncer en comparación con otros países. Lo que nos lleva a preguntarnos, ¿cuáles son las principales características de su dieta? La respuesta parece sencilla, en este tipo de dieta se incluye el consumo diario de frutas, verduras, granos enteros, nueces y leguminosas. El aceite de oliva es la principal fuente de grasas y se prefiere un bajo consumo de carnes rojas y un consumo moderado de vino. 

Lo anterior favorece la ingesta adecuada de fibra, vitaminas y antioxidantes. Estos últimos se han asociado con una mejor calidad de vida y un mejor estado de salud, así como con un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares, neurológicas, diabetes y ciertos tipos de cáncer. Por lo tanto, una dieta equilibrada, rica en frutas y verduras, es muy recomendable, ya que son una de las mayores y más importantes fuentes de antioxidantes destacando las más coloridas con tonos morados, azules, rojos, verdes, amarillos y naranjas.

Por lo tanto, una dieta óptima en términos de prevención de enfermedades crónicas debe incluir:

  • Frutas y verduras de una gran variedad de colores
  • Favorecer el consumo de cereales y granos enteros
  • Disminuir la ingesta de grasas saturadas y aumentar el de grasas no saturadas, a través de un aumento en el consumo de aceite de oliva, nueces, frutos como el aguacate y alimentos de origen marino
  • Limitar el consumo de azúcares y harinas refinadas, bebidas azucaradas y sodio
  • Preferir el consumo de agua natural
  • Una dieta adecuada siempre debe ir acompañada de actividad física: practicar al menos 30 minutos de ejercicio al día

 

Bibliografía:

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Luna-Guevara, M. L., Luna-Guevara, J. J., Hernández-Carranza, P., Ruíz-Espinosa, H., & Ochoa-Velasco, C. E. (2018). “Phenolic compounds: A good choice against chronic degenerative diseases”, en Studies in natural products chemistry (Vol. 59, pp. 79-108). Elsevier.

Olivares, L. D., Cabrera, G. B., & Martínez, M. T. S. (2010). “Importancia de los antioxidantes dietarios en la disminución del estrés oxidativo”, en Investigación y Ciencia, 18(50), 10-15.

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