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DCE. Martha Dalila Méndez-Ruiz

DCE. Miguel A. Villegas-Pantoja 

Facultad de Enfermería de Nuevo Laredo 

Universidad Autónoma de Tamaulipas

El alcohol es, por mucho, la droga más difundida a lo largo del mundo. Su uso ha sido parte central de muchas culturas durante miles de años. En las culturas más antiguas lo usaban para fines religiosos, para sentirse poderosos y facilitar la conversación con los dioses. Posteriormente, el alcohol se empezó a consumir por tradición y a producirse en pequeña escala como actividad doméstica o artesanal (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2018). Con el paso del tiempo, los imperios europeos produjeron nuevas bebidas, además de nuevos modos de producción, distribución y promoción, creando nuevas costumbres (Jernigan, Ostroff & Ross, 2005). Conforme el alcohol estuvo más fácilmente disponible, gracias a los medios de transporte, las bebidas alcohólicas se convirtieron en un producto de mercado presente durante todas las estaciones del año. Esta mayor disponibilidad resultó desastrosa para las sociedades industriales europeas y de otros países del mundo, debido a que ellos exigían una mano de obra sobria y atenta (Room et al., 2002). 

Desafortunadamente, lo que inició como una práctica ingenua, experimental o vinculada a rituales, se ha convertido en un problema social y sanitario importante (Zaya, 2016), al punto de establecer actividades políticas en favor del control de las bebidas alcohólicas. No obstante, a pesar de las diversas acciones preventivas de esta problemática, el consumo continúa incrementando y, con ello, la incidencia de enfermedades, lesiones y otras condiciones de salud. Se estima que el 42.6% de la población mundial (2.3 billones de habitantes) consume bebidas alcohólicas. Por otra parte, cerca de 237 millones de hombres y 46 millones de mujeres tienen problemas relacionados con el uso de esta sustancia (OMS, 2018). Por sí solo, el alcohol es responsable de 7.2% de las muertes ocurridas entre personas menores de 70 años, lo cual resulta un porcentaje nada despreciable. Sin embargo, el consumo excesivo de bebidas alcohólicas no es un problema que se presenta de forma homogénea entre todos los segmentos de la sociedad; históricamente, ha sido un problema asociado a la población masculina.

Hasta hace poco tiempo, prácticamente la totalidad de las facetas del uso de alcohol demostraban una considerable disparidad entre mujeres y hombres, donde estos últimos siempre mostraban mayor implicación con el alcohol y, por ende, mayores repercusiones a nivel de la salud. Por ejemplo, si se toma como referencia la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz et al., 2017), se puede apreciar que son los hombres quienes continúan encabezando la mayoría de los indicadores del uso de alcohol: más hombres (80.1%) que mujeres (62.6%) han probado el alcohol alguna vez en su vida; es mayor el porcentaje de varones con dependencia al alcohol (6.2%) que el de las mujeres (2%); o bien, la percepción de riesgo sobre el consumo de alcohol (la percepción de peligrosidad) es menor entre los hombres (42.2%) que entre las mujeres (48.6%). Ejemplos como los anteriores son similares en muchas latitudes.

Los efectos del uso de alcohol son controvertidos, pues, aunque la mayor parte de la evidencia científica ha demostrado su potencial para causar enfermedad, también algunos estudios recientes han sugerido posibles efectos benéficos para la salud cardiovascular de adultos (Roerecke & Rehm, 2012). En lo particular, se sostiene que el consumo de alcohol en dosis bajas (a razón de una bebida por día para las mujeres y dos bebidas por día para los hombres) podría relacionarse con efectos beneficiosos contra la enfermedad cardiaca isquémica. No obstante, dichos beneficios suelen verse rebasados por los riesgos del desarrollo del fenómeno de la dependencia (que es la necesidad de consumir dosis repetidas de alcohol para sentirse bien, o para no sentirse mal; Organización Mundial de la Salud, 1994) o por las diversas consecuencias del uso indiscriminado del alcohol. En este sentido, el uso excesivo de las bebidas alcohólicas se asocia con problemas en las siguientes áreas (Mendez et al., 2017; Roerecke & Rehm, 2012): enfermedades cerebrovasculares, diabetes, cánceres, enfermedades infecciosas, y accidentes.

Como prueba de lo anterior es que, de acuerdo con la OMS (2018), en el año 2016 las muertes atribuibles al consumo de alcohol se distribuyeron de la siguiente manera: 28.7% accidentes, 21.3% enfermedades digestivas, 19% problemas cardiovasculares, 12.9% infecciones y 12.6% cánceres. Para poner en contexto, la mortalidad debida al uso de alcohol es mucho mayor que la de la tuberculosis, VIH/SIDA y la diabetes -otros problemas bastante frecuentes. Cabe mencionar que en muchas patologías asociadas al uso de bebidas alcohólicas una gran proporción la ocupan los hombres, quienes desde su nacimiento están más expuestos al consumo de alcohol

En este sentido, desde el plano sociocultural el uso de alcohol está intensamente ligado al género masculino (Lemle & Mishkind, 1989), de modo que no se sanciona su consumo de igual manera para los varones que para las mujeres. Podría decirse que inclusive la sociedad fomenta el consumo de esta sustancia como símbolo de la masculinidad(Patró-Hernández et al., 2020), lo cual facilita que los hombres comiencen a beber a más temprana edad que las mujeres (específicamente, a los 16.6 años, frente a los 19 de las mujeres mexicanas; Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz et al., 2017). Lo anterior contribuye a perpetuar el uso de alcohol entre los hombres, a la vez que se producen más oportunidades de perjudicar la salud a nivel individual. Por ejemplo, se han observado problemas específicos en ellos, tales como disminución de la secreción de testosterona (producida por las células intersticiales de Leyding de los testículos y responsable del deseo sexual), disfunción eréctil, eyaculación retardada transitoria, atrofia testicular y alteración de la espermatogénesis (Davis et al., 2008). 

Por otra parte, la publicidad y mercadotecnia también han contribuido a consolidar ciertas normas de género. Por ejemplo, en algunas investigaciones que analizan las estrategias publicitarias sobre el alcohol (Hall, & Kappel, 2018) se ha revelado que los comerciales aún refuerzan estereotipos y roles de género que terminan perjudicando la salud del consumidor (por ejemplo, aunque gran cantidad de comerciales incluyen a mujeres, suelen designarles roles secundarios, o bien, estas coadyuvan a exaltar la masculinidad de sus pares varones, de modo que la bebida resulta atractiva para el público varón).

A modo de conclusión, el uso de bebidas alcohólicas constituye una práctica que forma parte de la historia de la humanidad. Desafortunadamente, por tratarse de una droga legal -pero altamente adictiva-, aumenta la posibilidad de abusar de ella y presentar diversas consecuencias en los planos sanitario y social. Con base en lo anterior, los hombres son un grupo especialmente vulnerable y quienes continúan presentando las mayores prevalencias de consumo y menor percepción de riesgo frente al alcohol. Por ello, se considera importante que la sociedad sea consciente que el acto de consumir alcohol debe constituir una actividad resultante de una toma de decisiones responsable. Especialmente, hay que tener presente que el uso de alcohol con fines terapéuticos y lúdicos es en cantidades muy bajas, diferenciado para ambos sexos y prohibido para menores de edad. De esta manera se busca lograr la disminución de la morbilidad y mortalidad a causa del uso de alcohol entre los segmentos más vulnerables de la población. 

Referencias:

Davis, K. C., Schraufnagel, T. J., George, W. H., & Norris, J. (2008). The use of alcohol and condoms during sexual assault. American Journal of Men’s Health2(3), 281–290. https://doi.org/10.1177/1557988308320008

Hall, G., & Kappel, R. (2018). Gender, alcohol and the media: The portrayal of men and women in alcohol commercials. The Sociological Quarterly, 59(4), 571–583. https://doi.org/10.1080/00380253.2018.1479204 

Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, Instituto Nacional de Salud Pública, Comisión Nacional Contra las Adicciones, & Secretaría de Salud (2017). Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2016–2017: Reporte de alcohol. Ciudad de México: INPRFM.

Jernigan D, Ostroff J, Ross C (2005). Alcohol advertising and youth: A measured approach. Journal of Public Health Policy26(3), 312-25. 

Lemle, R., & Mishkind, M. (1989). Alcohol and masculinity. Journal of Substance Abuse Treatment, 6(4), 213–222. https://doi.org/10.1016/0740-5472(89)90045-7

Mendez, M.D., Guzmán, V., Ahumada, J.G., Yáñez, B.G., & Medina, M.R. (2017). Consumo de alcohol: Epidemiología, prevención y tratamiento. En A. Llanes & M.A. Cervantes (Eds.), Educación en Salud (pp. 53–76). Colofón.

Organización Mundial de la Salud (2018). Global Status Report on Alcohol and Health 2018. Organización Mundial de la Salud.

Organización Mundial de la Salud (1994). Glosario de términos de alcohol y drogas. Ministerio de Sanidad y Consumo, Centro de Publicaciones.

Patró-Hernández, R.M., Nieto, Y., & Limiñana-Gras, R.M. (2020). Relación entre las normas de género y el consumo de alcohol: una revisión sistematica. Adicciones, 32(2), 145–158.

Roerecke, M., & Rehm, J. (2012). Alcohol intake revisited: Risks and benefits. Current Atherosclerosis Reports, 14, 556–562. https://doi.org/10.1007/s11883-012-0277-5

Room, R., Jernigan, D., Carlini-Marlatt, B., Gureje, O., Mäkelä, K., Marshall, M. et al. (2002). Alcohol and developing societies: a public health approach. Helsinki: Finnish Foundation for Alcohol Studies and Geneva: World Health Organization. 

Zaya, C. C., García, I., Pérez, M., & Padrón, C. I. (2016). Repercusión del alcoholismo en la vida del hombre. Universidad Médica Pinareña12(2), 163–176.

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