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Dra. Lucy Anita Camberos Luna

Universidad Iberoamericana

Puebla

La Norma Oficial Mexicana 043 para la promoción y educación para la salud en materia alimentaria del 2012 define a la alimentación como el “conjunto de procesos biológicos, psicológicos y sociológicos relacionados con la ingestión de alimentos mediante el cual el organismo obtiene del medio los nutrimentos que necesita, así como las satisfacciones intelectuales, emocionales, estéticas y socioculturales que son indispensables para la vida humana plena”, y es una definición muy completa, ya que reconoce que alimentarse no es solo llevarse comida a la boca; para tener bienestar es fundamental cubrir diferentes tipos de necesidades.

Comer es un acto indispensable y lo hemos adaptado a nuestros ritmos, situaciones y estilos. Solemos organizar una comida entre amigos y familia cuando queremos celebrar algo; al hacer una visita a alguien no llegamos con las manos vacías, sino que llevamos un postre que compartimos mientras platicamos; aplaudimos el logro de un niño y lo invitamos a comer a su restaurante favorito, etc. 

Por otro lado, también pasa que nuestros ritmos de vida acelerados nos hacen comer el desayuno en el transporte público o incluso no desayunamos; no tenemos tiempo de preparar comida en casa así que optamos por comprar comida rápida que nos sacie pronto, nos quite la ansiedad y nos ayude a acabar rápido con el acto vital de comer. Hemos mezclado la prisa con la sobrevivencia y, generalmente, los alimentos altamente calóricos son los protagonistas de esos momentos agitados. Dichos alimentos son aquellos que tienen un gran contenido de azúcares simples, grasas saturadas, grasas trans, altos en sodio, cuyas porciones son grandes y tienen sabores ricos e intensos. Son estos mismos alimentos los que solemos elegir ante una situación difícil, cuando estamos tristes, enojados, ansiosos, confundidos1,2. Pero, ¿por qué los elegimos? 

Nuestro cerebro tiene dos tipos de señales que nos rigen día a día, las señales de regulación homeostática y las de regulación hedónica. Las primeras son las señales que nos inducen hambre y saciedad, la necesidad de dormir, de tomar agua, etc. Es decir, las que nos ayudan a mantenernos en equilibrio. Las segundas se relacionan más con las sensaciones de placer, como cuando comemos postre a pesar de ya estar satisfechos; estas últimas son aprendidas y tienen que ver con hábitos3,4. Ante los escenarios en los que comemos con excitación, prisa o ansiedad, el cerebro asocia los alimentos con los momentos y crea circuitos de recompensa respondiendo a señales hedónicas, con los que poco a poco adoptamos la conducta de consumo de alimentos que traen bienestar inmediato. Cuando repetimos esa conducta la reforzamos, como cuando caminamos siempre por el mismo sendero de pasto y lo marcamos hasta que no vemos más pasto en el camino5,6.

Existe todo un bagaje neuroquímico que justifica la selección de alimentos por su sabor. Consumir azúcares simples (encontrados en postres y refrescos, por ejemplo) se asocia con la liberación de dopamina, hormona de la felicidad. Las grasas saturadas tienen un efecto similar1,7,8. El chocolate, la avena y los lácteos, entre otros, tienen alto contenido en triptófano, aminoácido necesario para la síntesis de serotonina, neurotransmisor que nos mantiene en balance emocional. Por eso, el helado de chocolate suele ser aliado en situaciones complejas9,10.

Las regiones cerebrales involucradas en estas señales mencionadas son, principalmente, el sistema límbico y el cuerpo estriado; ayudan a determinar cuándo necesitamos comer y cuándo queremos comer simplemente porque algo se nos antoja3. Es interesante que estas regiones, y otros sistemas que involucran receptores a opioides (como la morfina), son comparables con las que actúan en el cerebro de una persona adicta a las drogas o a las apuestas, e incluso nos pueden hacer buscar alimentos ricos en grasa o azúcares1,11,12. Por otro lado, las emociones están muy relacionadas con la conducta de alimentación y, a su vez, las hormonas que inducen apetitoestán íntimamente relacionadas con el control de las emociones. Por ejemplo, la liberación de estas hormonas ayuda a compensar desequilibrios como la depresión13. También pasa que el estrés suele confundirse con sensaciones de hambre14

Con todo lo anterior se ha desarrollado el término “comer emocional”, que se define como una conducta de alimentación asociada a las emociones “negativas”, como ansiedad, depresión o soledad. La mala noticia es que puede conducir al aumento de peso corporal que podría derivar en padecimientos como diabetes, hipertensión, riesgo de infarto, etc11. Por lo tanto, para evitar ese reforzamiento de señales hedónicas que llevan a alteraciones de la salud es necesario atender todos los tipos de necesidades que tenemos, como lo dice la definición de alimentación. Tratar el estrés y la ansiedad, recurrir al esparcimiento, satisfacer necesidades personales, intelectuales y, claro, las necesidades homeostáticas también.

Cabe destacar que eliminar por completo los alimentos densamente energéticos suele resultar contraproducente porque eventualmente los volvemos a ansiar y puede ser que sea de manera compulsiva, generando un círculo vicioso. Por lo tanto, lo más recomendable es reconciliar nuestra relación con la comida. Evitar satanizar alimentos y mejor interesarnos por conocer la cantidad y frecuencia con la que es recomendable consumirlos, así sean verduras, frutas, postres u otros. También es bueno evitar premiar situaciones con comida, sobre todo en la niñez, que no se llegue a asociar la comida con logros o fracasos. Y si lo que nos falta es tiempo para cocinar o comer, existen opciones simples, ricas, económicas y saludables que los profesionales de la nutrición podemos ayudar a planear de manera individualizada.

Referencias:

1.- Thornley, S., Russell, B., Kydd, R. (2011). Carbohydrate reward and psychosis: An explanation for neuroleptic induced weight gain and path to improved mental health? Current Neuropharmacology, 9(2), 370-375. 

2.- Waslien, C.I. (1988) Factors influencing food selection in the american diet. Advances in food research. 32: 239-269.

3.- Woodward, O.R.M., Gribble, F.M., Reimman, F., Lewis, J.E. (2022) Gut peptide regulation of food intake-evidence for the modulation of hedonic feeding. J Physiol 600.5, pp 1053-1078.

4.- Kenny, P. (2011) Reward mechanisms in obesity: New insights and future directions. Neuron, 69(4): 664-679.

5.- Robinson, M.J.F., Fischer, A.M., Ahuja, a., Lesser, E.N., Maniates, H. (2015) Roles of “wanting” and “liking” in motivating behavior: Gambling, food, and drug addictions. In: Simpson, E., Balsam, P. (eds) Behavioral neuroscience of motivation. Current topics in behavioral neurosciences, vol 27. Springer, Cham.

6.- Lutter, M., Nestler, E.J. (2009) Homeostatic and hedonic signals interact in the regulation of food intake. The journal of nutrition. 139: 629-632. 

7.- DiFeliceantonio, A.G., Coppin, G., Rigoux, L., Thanarajah, S., Dagher, A., Tittgemeyer, M., et al., (2018). Suppra-additive effects of combining fat and carbohydrate on food reward. Cell Metabolism 28, 33-44.

8.- van der Klauw, A.A., Keogh, J.M., Henning, E., Stephenson, C., Kelway, S., Trowse, V.M., et al. (2016) Divergent effects of central melanocortin signalling on fat and sucrose preference in humans. Nature communications, 7:13055

9.- Teixeira, C., Rodrigues, P., Serrão, et al. (2021) Dietary tryptophan supplementation does not affect growth but increases brain serotonin level and modulates the expresión of some liver genes in zebra fish (Danio rerio). Fish physiol Biochem 47, 1541-1558.

10.- Grases, G., Colom, M.A., Sanchis, P., Grases, F. (2019) Possible relation between consumption of different food groups and depression. BMC Psychol. 7: 14.

11.- Novelle, M.G., Diéguez, C. (2018) Food addiction and binge eating: Lessons learned from animal models. Nutrients, 10; 71

12.- Volkow, N. D., Wise, R. A., Baler, R. (2017). The dopamine motive system: implications for drug and food addiction. Nature Reviews Neuroscience, 18(12), 741– 752. doi:10.1038/nrn.2017.130.

13.- Lutter, M., Krishnan, V., Russo, S.J., Jung, S., McClung, C.A., Nestler, E.J. (2008) Orexin signaling mediates the antidepressant-like effect of calorie restriction. J Neurosci; 28:3071–5. 

14.- Pompa, E.G., Meza, C. (2017). Anxiety, stress and obesity in a sample of adolescents in Mexico. Univ Psychol. 16: 3.

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