Por Hablemos Claro

 

Desde hace años vivimos bajo una idea de que el peso de nuestro cuerpo es lo que determina nuestra belleza y nuestra salud, y así sepultamos el verdadero significado de la palabra dieta. La dieta es todo lo que compone nuestra alimentación: desde lo que elegimos para comer, hasta los hábitos que tenemos alrededor de la comida. La dieta no debería estar enfocada en cuántos kilos pesas ni en contar calorías, sino en encontrar qué alimentos te hacen bien y con quién los compartes. 

 

Parte de ese sentimiento de bienestar tiene que ver con tus elecciones para alimentarte. Pero, ¿qué hay detrás de lo que elijes comer? Las decisiones sobre los alimentos y la forma en que los comes, o sea, cómo preparas la mesa, los horarios en los que lo haces, hasta qué tipo de comida escoges tienen que ver con la cultura a la que perteneces. ¿Qué significa eso? Que comemos de acuerdo a cómo es nuestra cultura.

 

Oye… ¿y allá qué comen?

 

¿Te ha pasado que hablas con alguien que acaba de regresar de Japón y quieres preguntarle si el sushi de allá es como el sushi de acá? ¿Te sorprendería saber que en Indonesia el aguacate se come preparado como malteada, con leche condensada y chocolate? La curiosidad y la sorpresa que nos da saber cómo y qué comen las personas en otros países es una prueba de las diferencias culturales que tenemos cuando se trata de comida. Cada uno de nosotros tenemos claro qué sí comemos y qué no. Sabemos que podemos probar alimentos nuevos, como si fuéramos turistas, pero, probablemente, quedará en eso: en probar por probar. Pocos de nosotros empezaríamos a comer el melón con pimienta y sal, solo porque así lo hacen en Francia.

 

¿Cuáles son esos elementos culturales que determinan lo que comemos? Las creencias religiosas, los conocimientos médicos, lo que aprendimos sobre el cuerpo, el estrato social al que pertenecemos, las rivalidades con otras ciudades, incluso las ideas que tengamos sobre lo varonil o lo femenino, etc. En México, por ejemplo, el chile es básico en las recetas de cocina y es más que un condimento: es un símbolo de lo mexicano, y es tan importante que muchas personas reciben burlas cuando piden “chile del que no pica”.

 

Además de los elementos culturales, los alimentos se convierten en comida por las técnicas o tecnologías que están disponibles en una época determinada. Así, el avance tecnológico amplía la variedad de alimentos que entran en nuestra dieta. En algunos casos, permite que las condiciones de alimentación mejoren porque hace que los productos sean más baratos y más seguros.

 

Cada sociedad tiene su propia forma de elegir la comida y de valorarla. Y esto no depende nada más de qué tan nutritiva es, ni de qué tan fácil es conseguirla, sino de factores sociales y culturales. Eso quiere decir que no decidimos lo que comemos pensando en qué será lo más nutritivo o, por lo menos, no es nuestra primera intención. Entonces, ¿cómo valoramos la comida? Claro que nos importa comer alimentos que nos hagan bien, pero incluso nuestra idea de salud tiene que ver con nuestras creencias. ¿También crees que comer sandía en la noche hace daño porque está muy fría, pero nunca te ha pasado nada si comes helado en la cena?

 

Todas las ideas que tenemos sobre la comida reflejan, de alguna forma, la manera como vemos el mundo y cómo entendemos la vida. La comida tiene la función de darnos los nutrimentos que necesitamos, es cierto, pero también hace otras cosas como reconfortarnos, apapacharnos o prepararnos para empezar el día. Pero, quizá el papel social más importante de la comida sea el de unirnos en comunidad: al comer creamos vínculos con el lugar en el que estamos y, sobre todo, con la gente que nos rodea.

 

Caldito de pollo para el alma

 

¿Alguna vez te has preguntado por qué la comida se disfruta más cuando comes con personas a las que quieres? ¿O por qué el sándwich que prepara tu mamá es el más rico? No importa si estamos enfermos de la panza o de la garganta, un caldito de pollo es lo que más queremos en esos momentos. Es más, en cuanto pensamos en él empieza el alivio. El caldo de pollo tiene muchas propiedades nutritivas y es ligero al estómago, pero, además, probablemente lo relacionamos con la abuela que nos cuidaba o con las veces en las que estuvimos enfermos de pequeños y su compañía era el ingrediente secreto que nos hacía sentir mejor. El caldito de pollo es más que agua bien sazonada con proteína animal, verduras y minerales: es alimento para el alma. ¿Por qué si el alma no tiene estómago, usamos esa frase? Por el significado que le damos a la comida.

 

Cuando comemos nos nutrimos, pero eso no se limita a los valiosos componentes que tienen los alimentos. Nutrirse también es deleitarse con los sabores, ocuparse de las satisfacciones emocionales y sociales que tenemos, al compartir la comida con la familia, los amigos y los compañeros. 

 

En la comida podemos sospechar el estado de ánimo de alguien, por ejemplo, cuando una salsa queda muy picosa decimos: “El que la hizo estaba enojado, ¿verdad?” y así relacionamos el picante con esa emoción. En la novela Como agua para chocolate, Isabel Allende muestra maravillosamente esa relación entre el sazón y el estado de ánimo, ¿la leíste o viste la película? La comida y el tipo de alimentos que elegimos dice mucho. Dar chocolates a alguien es una manera de decirle “te quiero” y por eso es el regalo favorito del día de San Valentín. 

La comida está tan relacionada con nuestras emociones, que cocinar puede ser una de las expresiones de amor más cálidas que hay y en ella se involucran factores sociales tan diversos como las creencias sobre la salud de una cultura, las ideas de lo que es elegante o divertido o nutritivo, hasta estereotipos y formas de opresión en los roles sociales establecidos. Cocinar, que es el acto de convertir los alimentos en comida mediante diferentes técnicas y combinaciones, es originalmente un acto de amor que lo primero que nos debería transmitir es un sentido de hogar. De hecho, la palabra hogar significa “lugar alrededor del fuego” y la cocina se tomaba como el corazón de la casa. 

 

Comer es una manera en la que se generan vínculos afectivos profundos en las familias, por ejemplo. La tradición de comer juntos en la mesa, que cada vez es más difícil de lograr por los ritmos de vida actuales y por lo apegados que estamos a los smartphones, sobrevive en los grandes eventos del año, como la cena de Año Nuevo. En esa fecha esperamos que haya una gran cena con platillos deliciosos y que sucedan las cosas que pasan cada año: los abrazos, los buenos deseos y, en algunos casos, una que otra pelea familiar. Todo eso sucede alrededor de una mesa llena de comida especial que, probablemente, no se cocine en ninguna otra del año. ¿O cuántas veces al año te llenas la boca con 12 uvas mientras oyes campanas?

La comida nos nutre, es verdad, y eso, además de los nutrimentos que nos permiten mantener nuestra salud, significa que es una actividad en la que nos vinculamos y nos relacionamos con los demás. Cada tipo de alimento es nutritivo en su propia forma y nos aporta algo, pero, lo que hay detrás de la comida es la posibilidad de relacionarnos o de fortalecer los vínculos que tenemos con los demás. Nuestras elecciones de comida tienen que ver con una búsqueda de lo mejor para nuestra familia y para nosotros mismos, y lo mejor debe incluir lo nutritivo en un sentido amplio: o sea, la calidad y cantidad de nutrimentos que comemos, pero también las necesidades emocionales y sociales que forman parte del bello y complejo acto de comer.

 

Bibliografía:

 

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