Dr. José Luis Curiel Monteagudo

Universidad Iberoamericana

Las solemnidades ritos y rezos de la Semana Santa, comienzan el viernes de Dolores. La figura de la Dolorosa de manto negro, lágrimas en las mejillas y una espada atravesándole el corazón, se coloca en un lugar especial de las casas mexicanas, en un altar improvisado sobre un mueble o mesita, cubierto con un mantel y papel picado de color morado. Con antelación, germinan en la obscuridad trigos para lograr brotes color paja o dorado. Además, untan chía a arbolitos y venados de barro, con agua dentro. Al crecer la chía, se cubren de verde. Estas piezas se colocan a los lados de la imagen de la Dolorosa, junto con veladoras y naranjas frescas, clavadas con unas banderitas hechas de palillos y hojitas de oro volador. No faltan ahí las aguas color rubí, las cuales representan las lágrimas de la Virgen: lágrimas de sangre, lágrimas de dolor hechas con jugos de naranja y betabel, hojas de lechuga, trocitos de manzana, pera y plátano y cacahuates dorados del comal. Además, los anfitriones o dueños del altar sirven aguas de Jamaica y de limón con chía a los visitantes y amigos.

En tiempos virreinales, había procesiones en todos los pueblos y ciudades novohispanas. En la Ciudad de México, destacó la figura del Señor del Cacao o Ecce Homo (He aquí al Hombre, en la sentencia de Pilato), el cual se dejaba algunos días en el atrio para que los indígenas, al ver la imagen de Cristo herido, azotado y coronado de espinas, dieran limosnas de cacao en grandes cantidades, de tal manera que esos granos sirvieron para edificar la catedral. Hubo otras imágenes hechas de pulpa de caña de maíz o de zompantle (colorín) las cuales, por ser ligeras, las arreglaban y decoraban para hacer los pasos de las procesiones. 

El jueves Santo, la conmemoración de la última cena es el acontecimiento gastronómico más triste de la historia, cuando Jesús reunió a sus discípulos para anunciar su pasión e instituyó la eucaristía, por eso, las iglesias reparten panecillos. También es el día del lavado de pies; en Europa, los reyes y príncipes realizaban esa tradición con doce pobres, en recuerdo de la Última Cena. En México, el emperador Maximiliano y la emperatriz Carlota, realizaron esta faena con doce hombres y doce mujeres y, después, los invitaron a comer en el palacio imperial. Actualmente, en ese día, también el Arzobispo consagra el aceite de oliva, que en la antigüedad se usó como combustible para las lámparas. Ese bálsamo representa la luz y con él se ungía a los sacerdotes y a los reyes para iluminarlos espiritualmente. Por eso en la Catedral, se bendicen los santos óleos, para aplicarlos durante todo el año tanto para el bautismo, como para los enfermos y ancianos durante algunas solemnidades y para los moribundos en la extremaunción. 

El viernes Santo obliga al ayuno y la abstinencia, no obstante, la gula mexicana no cesa. Por ello, aparece un postre antiguo: la capirotada. Pan duro con queso, empapado con miel de piloncillo y adornado con pasitas y diferentes frutas secas como almendras, nueces o cacahuates. En la Europa medieval se servía en un cono o capirote, era una sopa salada hecha con carnes o bien con pescado, según el tiempo litúrgico; se aderezaba con cebolla, ajo, verduras y muchos condimentos, bañados en caldo. Toda sopa llevaba pan, única similitud entre las capirotadas antiguas y las mexicanas modernas sin carne, pescado ni verduras, en las que se cambió el caldo por jarabe de piloncillo dulce. ¿Cuándo cambió? Todavía en los años 20 del siglo pasado aparecen en México algunas recetas de capirotada con jitomate y otras verduras. 

Para rematar la Santa Semana, en la gran fiesta de Pascua de resurrección, las monjitas producían aleluyas para regalar: un dulce de almendras con la figura de un cordero pascual grabado y la leyenda: ¡Aleluya!

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