Mtra. Aurora Porrúa Ardura
Nutrióloga clínica, Educadora en diabetes
Universidad Anáhuac, Mayab
En una era donde la prisa y el exceso de opciones alimentarias hiperpalatables dominan la rutina diaria, fomentar una alimentación consciente desde la infancia se vuelve una estrategia clave para la salud presente y futura. La alimentación consciente no es una moda, sino un enfoque respaldado por la evidencia que promueve una relación saludable con los alimentos basada en la atención plena, la escucha del cuerpo y la auto regulación del apetito.
¿Qué es la alimentación consciente?
El concepto de “alimentación consciente” o mindful eating se refiere a prestar atención de manera intencional al acto de comer, sin juicios, observando sensaciones fisiológicas como el hambre y la saciedad, y reconociendo las emociones asociadas a la comida. Esta práctica ha demostrado ser efectiva para prevenir trastornos alimentarios, mejorar la calidad de la dieta y disminuir conductas de alimentación emocional (Bays, 2017; Kristeller & Wolever, 2011).
Importancia en la infancia
Los hábitos alimentarios se forman en los primeros años de vida. Fomentar una alimentación consciente en los niños favorece el desarrollo de una relación positiva con la comida, evitando la dicotomía “comida buena vs. comida mala”, y enseñándoles a confiar en sus propias señales internas.
La investigación muestra que niños expuestos a prácticas de alimentación responsiva y sin presión presentan menor riesgo de obesidad y mejor aceptación de alimentos saludables (Birch & Fisher, 1998).
Estrategias para padres y cuidadores
Educar en alimentación consciente es una inversión a largo plazo. Al enseñar a los niños a reconocer sus propias señales corporales y a disfrutar de los alimentos sin culpa ni exceso, les damos herramientas para una vida con mayor bienestar físico y emocional.
Además, promover este enfoque desde casa y en espacios educativos crea una base sólida para hábitos saludables sostenibles. Una alimentación consciente no se trata de seguir reglas estrictas, sino de cultivar una actitud de respeto y curiosidad hacia los alimentos y hacia uno mismo. Esta práctica contribuye no solo a la prevención de enfermedades crónicas, sino también al desarrollo de niños más seguros, autónomos y emocionalmente equilibrados. La nutrición infantil debe ir de la mano con el acompañamiento emocional, porque solo así formamos verdaderos hábitos de vida.
Referencias bibliográficas: