Dr. José Luis Curiel Monteagudo

Universidad Iberoamericana

Para celebrar la renovación de la vida agrícola, los romanos realizaban ritos y celebraciones en torno al solsticio de invierno, precisamente cuando el sol renace. Con el inicio del invierno comenzaba un período de escasez y hambruna. Por ello, a mediados de diciembre iniciaba la Saturnalia, palabra latina, traducida al español como “Saturnales”, que son celebraciones festivas para honrar al dios Saturno, deidad de la agricultura. Esas noches de gran obscuridad, desde el día 17 de diciembre, se encendían antorchas y luminarias hasta el nacimiento del nuevo Sol, en el solsticio de invierno (21 de diciembre), y diariamente llevaban ofrendas al Templo de Saturno. Julio Cesar agregó dos días más a estos festejos y, posteriormente, se estableció la festividad con duración de siete días. Las casas de la ciudad se adornaban con flores y en las noches encendían lámparas de aceite. 

En el foro romano, se celebraba un gran banquete para todo el pueblo. Entre los festejos los panaderos hacían un pan redondo de farina, el polvo de la molienda del farro, un precursor del trigo. Agregaban elementos dulces como dátiles, higos y miel y se le introducía una semilla dura, como haba o garbanzo. Una vez horneada, durante el banquete se cortaba y repartía entre los comensales. Quien encontraba el haba en su pan era nombrado rey del convite y se coronaba. Una torta similar se fabricó en la antigua Bética romana y se extendió por toda la península Ibérica. Con los siglos tomó la forma de una corona real, cuyas joyas fulgurantes como esmeraldas y rubíes fueron trozos confitados de frutas. Los reyes castellanos adoptaron la tradición y en el siglo XVI llegó a la Nueva España.  En Francia, Luis XV promovió la idea de reemplazar el haba por una moneda de oro. Por ser un alimento de reyes, la tradición situó su consumo el día de la epifanía, cuando la liturgia católica conmemora la manifestación del Niño Dios ante los hombres, es decir, cuando llegaron a Belén los Reyes Magos. 

El haba permaneció todavía, pero poco a poco se sustituyó por figuritas de porcelana del Niño Jesús. De esta manera, se enfatizó cómo, aquel Divino Niño, nació prácticamente escondido del mundo en un lejano pesebre y después huyo con sus padres a Egipto para esconderse del rey Herodes. 

Actualmente, la rosca se elabora  con harina, levadura, huevos, jugo de naranja, mantequilla, azúcar y sal. La decoración se hace con unos adornos hechos con partes iguales de harina, azúcar y mantequilla. Trozos de higos, mitades de nueces, almendras fileteadas y frutas confitadas de colores. 

La tradición mexicana consiste en partir la rosca de Reyes el 5 de enero, víspera del día de Reyes. La merienda requiere chocolate caliente y espumado con el molinillo, para acompañarla. Quienes encuentran la figurita del niño Jesús, están obligados a servir tamales el 2 de febrero, día de la Candelaria, cuando se celebra la purificación de la Virgen y se levanta el Niño. En México, se viste al niño Dios y se lleva a la iglesia para bendecirlo.

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