LN. Jesús Flores de la Rosa 

Escuela de Ciencias de la Salud

Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Norte

 

Desde hace muchos años la alimentación complementaria ha sido motivo de controversia, ya que está influenciada por diversos factores sociales, familiares y culturales. Estos factores pueden ser preventivos o desencadenantes de obesidad infantil. La OMS define a la alimentación complementaria como el proceso que comienza cuando la leche materna ya no es suficiente para satisfacer las necesidades nutricionales del lactante, por lo cual se debe comenzar la introducción de otros alimentos y líquidos, además de la leche materna. Este proceso abarca el periodo que comprende desde los 6 a los 24 meses de edad. La alimentación complementaria tiene como finalidad cubrir las necesidades de energía y de nutrimentos como las proteínas, hierro, zinc y vitamina D necesarias para el adecuado crecimiento del lactante, disminuyendo así las tasas de desnutrición y mortalidad en los niños.

El acto de alimentarnos es esencial para el organismo y la finalidad de comer es satisfacer una necesidad biológica, es por esto que se debe buscar la mejor opción al momento de seleccionar alimentos. En el caso de los niños en etapa de alimentación complementaria una adecuada nutrición asegura su sano crecimiento y fomenta buenos hábitos alimenticios. Las conductas a establecer en esta etapa deben ser lo más correctas posibles para evitar aversiones y preferencias de alimentos en la etapa adulta. 

Las consecuencias de una alimentación inadecuada en esta etapa pueden provocar retrasos en el desarrollo motor, sensorial, psicológico y físico de los niños. Es por ello que, para disminuir la incidencia de enfermedades ligadas a la alimentación, el mejor remedio es aprender a tener una alimentación adecuada.

En nuestra cultura, algunos comportamientos sociales que promueven una alimentación inadecuada, son aquellos mitos que comienzan durante la etapa de gestación como la frase ‘’come por dos’’ o ‘’tienes que comer doble’’. Este tipo de conductas pueden llevar a una ingesta excesiva de energía, además no nos asegura un consumo adecuado de nutrimentos; es decir, es cierto que el embarazo implica un aumento en los requerimientos de nutrimentos, pero este incremento debe cubrirse con una dieta adecuada. En muchos de los casos, esto lleva a las mujeres a tener un exceso de peso en el embarazo y una deficiente ingesta de nutrimentos esenciales que, en casos graves, puede tener consecuencias como resistencia a la insulina, diabetes gestacional, pre-eclampsia, nacimiento de niños macrosómicos (con peso superior a 4kg al nacer), etc. 

Para una prevención de la obesidad infantil debemos comenzar por erradicar los mitos y comenzar por una adecuada educación alimentaria a nivel poblacional, ya que gran parte de la programación inicial de resistencia o vulnerabilidad a enfermedades relacionadas con la edad está influenciada por el equilibrio integrado de las hormonas maternas transferidas a la descendencia por la leche. Se podría considerar, entonces, la alimentación de la madre durante las etapas de embarazo y lactancia como uno de los factores para desarrollar obesidad infantil.

Otro de los comportamientos culturales y/o familiares muy importantes, es la sustitución de la leche materna por sucedáneos. El aporte de nutrimentos dependerá en su totalidad del valor nutritivo de estas leches; una administración inadecuada o fuera de las recomendaciones del médico o personal de salud, puede aportar también un exceso de energía a los lactantes que promoverá el aumento de peso. Podemos comprender hasta este punto que la prevención de la obesidad infantil comienza con la prevención y tratamiento de los factores de riesgo modificables que abarcan el periodo desde la concepción hasta el inicio de la alimentación complementaria.

Se ha evidenciado que durante el primer año de vida es cuando ocurre el mayor brote de crecimiento y desarrollo. Esto nos da a entender que este periodo es una ventana de tiempo crítica para la promoción del crecimiento y desarrollo óptimos, no sólo para estatura y peso, sino también para mejorar la calidad de vida de los infantes, y en la prevención de enfermedades como anemia, desnutrición y obesidad infantil.

Los hábitos familiares y las prácticas alimentarias inadecuadas se colocan como otro comportamiento considerable en el desarrollo de la obesidad infantil, sobre todo la cuestión de la disponibilidad de alimentos en el hogar, ya que el desarrollo de los hábitos alimenticios en niños se ve influenciado por las conductas de aquellos que cuidan de él, a través de la imitación de las conductas de los adultos que están a su alrededor. En esta etapa, la observación desempeña un papel muy importante, el aprendizaje por imitación tiene un rol esencial en el desarrollo del gusto. La disponibilidad de alimentos en el hogar no siempre es la adecuada para esta etapa, ya que podemos encontrarnos con alimentos nutricionalmente inadecuados para los niños que además se ingieren en porciones y frecuencia de consumo altas, desencadenando un elevado consumo de sodio, azúcares y grasas saturadas que rebasan la ingesta diaria recomendada en infantes. Estos alimentos también pueden ser bajos en densidad energética y carentes de minerales importantes para el desarrollo, como ácido fólico, hierro y cinc.

Dentro de las prácticas familiares nos encontramos también con la carencia en educación alimentaria y nutricional en las familias. En los últimos años ha sido creciente y preocupante el consumo de diversos alimentos nutricionalmente no adecuados para los niños y una disminución considerable en el consumo de frutas y verduras. Pero, ¿a qué se debe? Más allá de los factores económicos, sociales y culturales, la responsabilidad de la educación alimenticia viene desde el hogar (fenómeno conocido como spillover), por ejemplo, nos encontramos el ofrecimiento de recompensas o premios que consisten en golosinas, bebidas azucaradas, galletas, bollería, etc., a cambio de un comportamiento específico del niño. Este tipo de alimentos resultan más atractivos para los niños que el resto de la comida e inducen a una alimentación irregular y a un aumento en el consumo de energía, además de generar un gusto a edad temprana por los alimentos dulces que podría desfavorecer el consumo de otros que contengan los nutrimentos necesarios para su correcta alimentación. Este tipo de modificación en el apetito se puede considerar como otro factor importante para el desarrollo de la obesidad infantil. 

Otro punto que debemos observar dentro del entorno familiar son las prácticas que pretenden mejorar la alimentación, pero que, en la realidad, derivan en comportamientos perjudiciales. Utilizar frases como “no te levantas de la mesa hasta que te termines todo”, nos conlleva a un aumento del consumo de energía en la etapa infantil. Los niños en esta etapa son capaces de responder a señales internas de apetito; a diferencia de los adultos, no responden a horarios establecidos de comida o no saben qué es lo que se debe de consumir en cada comida. Conforme van creciendo, los niños comen proporcionalmente menos de lo que comían en la etapa de lactancia, esto es debido a la disminución de las necesidades energéticas como consecuencia del menor gasto en el metabolismo basal y en el crecimiento, por lo cual, darles porciones adecuadas y no forzarlos a comer más allá de su sensación de satisfacción del apetito es crucial.

¿Realmente son los carbohidratos la causa de la obesidad infantil?  

Los carbohidratos o hidratos de carbono son la principal fuente de energía de nuestro cuerpo, podemos clasificarlos en dos tipos: simples y complejos. En la etapa infantil, correspondiente a los 4-24 meses de edad, la ingesta de hidratos de carbono recomendada debe ser de 10-14g/kg de peso corporal, lo que representa un 40-50% del aporte calórico total. Durante la lactancia los azúcares se obtienen en forma de lactosa a través de la leche materna, después de esta etapa de la vida se siguen manejando los mismos requerimientos, sin embargo, se recomienda solo el 10% en forma de azúcares simples y el 90% restante en hidratos de carbono complejos.

 ¿A qué tiempo de la alimentación complementaria se recomienda introducir los carbohidratos? Desde el inicio de la misma. ¿Cuáles son las mejores opciones de carbohidratos? Las mejores opciones para comenzar son los carbohidratos contenidos en las frutas, los cereales como el maíz, trigo, arroz, avena, y las leguminosas como el frijol, las lentejas, etc. Estos grupos de alimentos tienen un importante contenido de carbohidratos en su mayor parte complejos. ¿Qué beneficios nos darán? Un aporte de energía adecuado, además de fibra y micronutrimentos como las vitaminas y minerales esenciales para el crecimiento y desarrollo del infante. 

En esta etapa debemos de vigilar y cuidar el consumo de alimentos que contienen alto contenido de azúcares simples, ya sea que se encuentren de manera natural o añadidos (sustancias como el jarabe de maíz de alta fructosa o alimentos con azúcar de mesa o miel), por ejemplo, dulces o golosinas, jugos naturales o procesados, refrescos, galletas, bollería refinada, miel, gelatina, helado, etc. 

La alimentación complementaria adecuada y la correcta educación nutricional a nivel poblacional y familiar serán una base para la prevención de la obesidad infantil y obesidad en general. A medida que se van incluyendo diferentes alimentos en la dieta, se producen cambios en los sabores y texturas, por lo cual, es recomendable ir introduciendo poco a poco variedad de verduras, frutas, cereales, papillas y purés como etapa inicial. Después, se pueden incluir alimentos con consistencias que se puedan comer con los dedos, como alimentos picados, en trocitos, etc. 

La edad recomendada para integrarse a la alimentación familiar es a los 12 meses, tomando en cuenta las modificaciones necesarias como ofrecer una dieta diversa y combinada en la que se incluyan carnes blancas, leguminosas, verduras, frutas, alimentos en porciones pequeñas, además de no modificar el apetito del infante, respetando sus señales de apetito y saciedad, etc. 

El niño, durante esta época, deberá acostumbrarse a llevar una alimentación sana y balanceada, y aprenderá a seleccionar alimentos adecuados para su edad, controlando o disminuyendo el consumo de bebidas azucaradas, postres azucarados, pastelitos, galletas, jugos, o de alimentos que no son adecuados para su edad.

¿Qué podemos hacer para mejorar? Atender las señales de hambre y saciedad, seleccionar los alimentos más adecuados para la edad de los niños y, preferentemente, que sean densos en nutrimentos. Atender la saciedad promoviendo un ambiente de tranquilidad y paciencia, no forzarlos a comer y no ‘’premiar’’ con alimentos inadecuados. En caso de rechazo de alimentos se puede probar con diversas texturas y combinaciones, así como métodos de cocción y preparación, sin necesidad de excluir alimentos que aportan nutrimentos esenciales para el niño. Minimizar las distracciones a la hora de comer e iniciar su alimentación con pequeñas porciones. Promover y educar con hábitos alimenticios correctos desde la infancia para que sea la base de futuros patrones de alimentación saludables, tomando en cuenta que la educación alimentaria enfocada a prevenir la obesidad infantil debe ser no solo en cantidad, sino también en calidad.

 

Fuentes:

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