21 de Abril, 2014
George Johnson

Pero hay una brecha enorme entre este folklore nutricional y la evidencia científica. Durante las últimas dos décadas, la relación entre los alimentos que comemos y la anarquía celular llamada cáncer, ha recibido especial atención.

En la reunión anual de la Asociación Americana para la Investigación del Cáncer, un evento  que atrajo a más de 18,500 investigadores y a otros profesionales, se abordaron los últimos resultados sobre la relación entre la dieta y el cáncer en una sola sesión de carteles y algunas presentaciones aisladas. Hubo nuevos indicios de que el café puede reducir el riesgo de algunos tipos de cáncer y otros acerca de los posibles beneficios de la vitamina D. Más allá de eso no había mucho qué decir.

En la sesión plenaria de apertura el Dr. Walter C. Willett, epidemiólogo de Harvard que ha pasado muchos años estudiando la relación entre el cáncer y la nutrición, mencionó que lo que es cierto para otras enfermedades, puede no serlo cuando se trata de cáncer; hay pocas pruebas de que las frutas y las verduras sirvan de protección o que los alimentos grasos sean malos.

Lo único que se puede decir con toda seguridad es que el control de la obesidad es importante, como lo es también para las enfermedades del corazón, diabetes tipo 2, hipertensión, accidente cerebrovascular y otras amenazas a la vida. Evitar un exceso de alcohol también tiene beneficios claros. Pero a menos que una persona esté seriamente desnutrida, la influencia de determinados alimentos es tan débil que la señal pudiera ser fácilmente opacada por el ruido.

La situación parecía muy diferente en 1997 cuando el Fondo de Investigación Mundial del Cáncer y el Instituto Americano para la Investigación del Cáncer publicaron un informe, grueso como guía telefónica, en el que se concluyó que las dietas cargadas de frutas y verduras podrían reducir la incidencia general de cáncer en más de un 20%.

Después de revisar más de 4,000 estudios, los autores estaban convencidos de que los vegetales verdes ayudaron a prevenir el cáncer de pulmón y de estómago. El de tiroides y de colon podría evitarse con el brócoli, la col y las coles de Bruselas. Las cebollas, los tomates, el ajo, las zanahorias y las frutas cítricas, todas parecían jugar un papel importante.

En 2007 un importante seguimiento de este tema dio marcha atrás a los hallazgos. Si bien algunos tipos de productos podrían tener beneficios sutiles, los autores concluyeron: “Ahora, en ningún caso, la evidencia de protección [de los alimentos] será considerada como convincente.”

La razón para el cambio fue la epidemiología más a fondo. Los estudios anteriores tendían a ser “retrospectivos”, confiando en que la gente recordaría los detalles de sus dietas pasadas. Estos resultados frecuentemente han cambiado drásticamente por protocolos “prospectivos”, en los cuales la salud de las poblaciones grandes tiene un seguimiento en tiempo real.

La hipótesis de que los alimentos grasos son una causa directa de cáncer también ha sido derrumbada, junto con el caso que promueve aumentar el consumo de fibra. Por otra parte, la idea de que la carne roja causa cáncer de colon está rodeada de ambigüedad. Dos meta-análisis publicados en 2011, llegaron a conclusiones contradictorias: una, encontró un efecto pequeño y la otra no reportó ninguna conexión clara en absoluto.

Si las hamburguesas son cancerígenas, el efecto parece ser leve. Un estudio sugiere que un hombre de 50 años de edad que se alimenta con una cantidad fuerte de carne roja -alrededor de un tercio de una libra al día [aproximadamente medio kilo]- aumenta la probabilidad de contraer cáncer colorrectal de 1.28 a 1.71% durante la próxima década. Repartido en una población de millones de personas, eso tendría algún impacto; pero desde el punto de vista de un individuo, apenas parece importar.

Tratar de arrancar los efectos débiles de una maraña de variables, muchas de ellas desconocidas, conduce inevitablemente a un estira y afloja de informes contradictorios. Sin embargo, conforme la reunión de San Diego fue terminando, un nuevo documento sobre las dietas altas en grasa y cáncer de mama sugiere que podría haber una conexión, después de todo.

Incluso con los estudios más rigurosos, es difícil adaptarse a lo que los epidemiólogos llaman factores de confusión: los comedores asiduos de frutas y verduras, probablemente pesan menos, se ejercitan con más frecuencia y tienen otras maneras de estar atentos a su salud. Una parte de estas incógnitas puede ser resuelta con los ensayos controlados aleatorios, asignando arbitrariamente diferentes dietas a dos grupos grandes de personas. Pero este tipo de estudios son caros y las reglas son difíciles de cumplir a corto plazo -y probablemente sea imposible dar el seguimiento necesario durante los muchos años que puede tomar que se desarrolle el cáncer.

El énfasis en la reunión fue sobre otras cuestiones: nuevas inmunoterapias, el papel de la inflamación crónica y los interminables subterfugios intrincados de las células cancerosas.

“La dieta y el cáncer han resultado ser más complejos y desafiantes de lo que cualquiera de nosotros esperábamos”, dijo el doctor Willett. Existen algunas razones para ser optimistas al respecto; un estudio realizado el año pasado sugirió que mientras se comía un montón de productos agrícolas, no se presentaron efectos en la mayoría de los cánceres de mama, las verduras podrían reducir la aparición de un tipo de hormona llamada estrógeno negativo. Por otra parte, reducir el consumo de leche y otros productos lácteos, posiblemente, podría disminuir el riesgo de cáncer de próstata. La controversia se mantiene.

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