Dra. Janeth Ventura

Facultad de Ciencias Químicas

Universidad Autónoma de Coahuila

 

El intestino humano es reservorio de un gran número de microorganismos; se estima que el peso de esta microbiota es cercano a 1.5kg y su genoma incluye 100 veces más genes que los del genoma humano. Se ha aislado entre el 94-98% de la microbiota y se ha observado que tiene una taxonomía muy diversa. Está conformada de 4 grupos: Firmicutes (64%), Bacteroidetes (23%), Proteobacteria (8%) and Actinobacteria (3%)(Pokrzywnicka & Gumprecht 2015).

Cuando el ser humano nace, su tracto intestinal carece de microorganismos, es decir, es estéril. La microbiota se desarrolla de manera natural con la alimentación que recibe. Por ello, en los niños que son alimentados con leche materna, Bifidobacterium y Lactobacillus colonizan más rápido el intestino que en los niños que son alimentados con otro tipo de leche (Pai & Kang 2008).

Las bifidobacterias se consideran probióticos dado que confieren protección contra microorganismos patógenos, mediante la producción de ácidos de cadena corta como el ácido acético y de ácido láctico, generando un ambiente desfavorable para el crecimiento de los patógenos.

La microbiota de los infantes se compone principalmente de cuatro grupos: Bifidobacterium, Staphylococcus, Streptococcus y Enterobacteriaceae, mientras que en los adultos los dos tipos principales son Bacteroidetes y Firmicutes (Pokrzywnicka & Gumprecht 2015).

La microbiota intestinal juega un papel importante para mantener un estado saludable, asimismo, tienen un impacto sobre la pérdida de la salud. La microbiota intestinal cumple con varias funciones (Esmaeili et al. 2017; Tilg & Adolph 2015; Pokrzywnicka & Gumprecht 2015):

1) Funciones tróficas: Influye en la proliferación y diferenciación de las células que forman el epitelio intestinal y los linfocitos endoteliales.

2) Funciones protectoras: Forma una barrera de protección contra microorganismos patógenos (aquellos de generan daño a la salud), dado que producen sustancias que inhiben la adhesión de patógenos al epitelio intestinal, y disminuye el pH a través de la producción de ácidos orgánicos; a este proceso se le llama antagonismo patogénico.

3) Funciones metabólicas: Activa la producción de metabolitos de interés a través de procesos de fermentación, incrementa la biodisponibilidad de vitaminas, puede afectar el peso corporal, la sensibilidad a la insulina, el metabolismo de los nutrimentos propios de la dieta, tales como azúcares y grasas.

La diversidad de la microbiota intestinal depende de diversos factores tales como el género, edad, estilo de vida, perfil microbiológico. Los medicamentos usados para el tratamiento de infecciones (antibióticos) o para problemas gastrointestinales como la colitis y gastritis, también la afectan. Sin embargo, la dieta es el principal factor que influye en la microbiota y este puede ser controlado de manera directa y consiente por nosotros mismos.

Según la Organización Mundial de la Salud los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, confieren un beneficio a la salud del huespéd (FAO&WHO, 2002). Como anteriormente se explicó la microbiota intestinal tiene probióticos.

Los probióticos se han usado como agentes terapéuticos en padecimientos metabólicos como hipertensión, diabetes, obesidad, fenilcetonuria e infecciones provocadas por Enterococcus, Mycobacterium, Pseudomonas aeruginosa y Helicobacter pylory, Clostridium difficile, Shigella dysenteriae, Vibrio cholera. También en el tratamiento de alergias, enfermedades inmunes y cáncer (Chua et al. 2017).

Entre las bacterias probióticas que cuentan con conocidos beneficios para la salud se encuentran los géneros Lactobacillus, Bifidobacterium, Saccharomyces, Enterococcus, Streptococcus, Pediococcus, Leuconostoc y Bacillus (Watson & Preedy 2015). Este tipo de microorganismos puede ser encontrado en diferentes productos alimenticios como yogur, queso, leche cultivada, vino, cerveza, kimchi, repollo fermentado y cualquier tipo de alimentos fermentados (Marco et al. 2017).

Al consumir probióticos, tanto comerciales como en los que se encuentran en investigación, es necesario el aseguramiento de la inocuidad (que no causen daño) y su funcionalidad (que confieran un beneficio a la salud). Esto se hace a través de la Organización Mundial de la Salud, que tiene el Comité de Expertos en Evaluación de las Propiedades Saludables y Nutricionales de los Probióticos en los Alimentos (FAO&WHO, 2002). Ahí se estableció una guía de criterios que deben seguirse para establecer que un microorganismo pueda ser llamado probiótico, con la finalidad de garantizar confieran beneficios a la salud del huésped o consumidor y al mismo tiempo que su consumo sea seguro.

Esta guía considera 5 criterios fundamentales:

1) Conocer el género, especie y cepa del microorganismo (taxonomía);

2) Evaluación del potencial probiótico del microorganismo mediante pruebas en in vitro (en animales o humanos);

3) Consideraciones Sanitarias: Requisitos para probar que una cepa probiótica es segura y libre contaminación en su forma de administración y liberación;

4) Evaluación mediante estudios con animales y humanos y

5) Declaraciones de salud y etiquetado.

 

Referencias:

Chua, K.J. et al., 2017. Designer probiotics for the prevention and treatment of human diseases. Current Opinion in Chemical Biology, 40, pp.8–16. Available at: http://www.sciencedirect.com.proxy.infosal.uadec.mx/science/article/pii/S1367593117300509 [Accessed June 13, 2017].

Esmaeili, S.-A. et al., 2017. Tolerogenic probiotics: potential immunoregulators in Systemic Lupus Erythematosus. Journal of Cellular Physiology, 232(8), pp.1994–2007. Available at: http://doi.wiley.com/10.1002/jcp.25748.

FAO & WHO, 2002. Guidelines for the evaluation of probiotics in food, London, Ontario, Canada.

Marco, M.L. et al., 2017. Health benefits of fermented foods: microbiota and beyond. Current Opinion in Biotechnology, 44, pp.94–102.

Pai, R. & Kang, G., 2008. Microbes in the gut: a digestable account of host-symbiont interactions. The Indian journal of medical research, 128(5), pp.587–94. Available at: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/19179677 [Accessed July 21, 2017].

Pokrzywnicka, P. & Gumprecht, J., 2015. Intestinal microbiota and its relationship with diabetes and obesity. Pediatric Research, 78(3), pp.232–238. Available at: http://www.nature.com/doifinder/10.1038/pr.2015.97.

Tilg, H. & Adolph, T.E., 2015. Influence of the human intestinal microbiome on obesity and metabolic dysfunction. Current Opinion in Pediatrics, 27(4), pp.496–501. Available at: http://content.wkhealth.com/linkback/openurl?sid=WKPTLP:landingpage&an=00008480-201508000-00016 [Accessed June 12, 2017].

Watson, R.R. & Preedy, V.R., 2015. Probiotics, Prebiotics, and Synbiotics: Bioactive Foods in Health Promotion,

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