Dr. Francisco Javier Barragán Vázquez
Facultad de Ciencias Químicas
Universidad de Colima

Desafortunadamente el desarrollo tecnológico ha llevado a un deterioro paulatino de los ecosistemas debido a los residuos arrojados en él, afectando la salud pública, de diferentes formas. Una de ellas es consecuencia de los metales pesados, que constituyen un grupo cercano a los 40 elementos de la Tabla Periódica, son convencionalmente definidos como elementos con propiedades metálicas (conductibilidad, ductilidad, etc), número atómico mayor de 20 y una densidad mayor a los 5 g/cm3.

En cantidades pequeñas algunos metales pesados son nutricionalmente esenciales para una vida sana, por ejemplo, el hierro, el cobre, el manganeso y el zinc. Estos elementos, o algunas de sus formas, se encuentran comúnmente en frutas y vegetales en forma natural y en productos multi vitamínicos comercialmente disponibles. El rasgo distintivo de la fisiología de los metales pesados es que, aun cuando muchos de ellos son esenciales para el crecimiento, se ha reportado que también tienen efectos tóxicos sobre las células, principalmente como resultado de su capacidad para alterar o desnaturalizar las proteínas.

Debido a su movilidad en los ecosistemas acuáticos naturales y a su toxicidad para las formas superiores de vida, a los iones de metales pesados presentes en los abastecimientos de agua superficiales y subterráneos, se les ha dado prioridad como los contaminantes inorgánicos más importantes en el ambiente; además de su acumulación por períodos largos de tiempo y fácil acceso a las cadenas alimenticias. Los metales pesados no son química ni biológicamente degradables y una vez emitidos pueden permanecer en el ambiente durante cientos de años.

Las fuentes de contaminación se clasifican en dos tipos: naturales y antropogénicas. Se denominan fuentes naturales a los procesos propios de la naturaleza como erupciones volcánicas, tornados, desechos de minerales, material extraterrestre e incendios forestales. Las fuentes antropogénicas son debidas a la actividad humana, originándose las principales emisiones por procesos industriales, actividades agrícolas, de servicio y disposición de residuos.

Entre los más tóxicos se encuentran el plomo, el cadmio y el zinc de las baterías desechadas indiscriminadamente, también el cromo y el níquel provenientes de la industria de curtidería, cromado y pinturas. Pero de todos, los más tóxicos son el mercurio y el arsénico, como consecuencia de la industria farmacéutica, la de fertilizantes y la de pesticidas. Todos ellos en un grado menor o mayor se acumulan en el medio ambiente y de allí pasan al ser humano en el que causan una gran cantidad de enfermedades crónico degenerativas como depresión, retraso mental, osteoporosis, y en concentraciones mayores la intoxicación aguda y la muerte. Una posible solución a la contaminación ambiental por metales pesados está en la búsqueda de nuevas sustancias y combinaciones de ellas obtenidas en forma limpia y amigable con el medio ambiente, de tal manera que paulatinamente sean sustituidas en el medio industrial por aquellas que presenten menor grado de contaminación, lo cual sería no solo ecológicamente más viable sino incluso más económico.

Referencias:

  1. Antón, A. y Lizaso, J., (2001), Los metales pesados en la alimentación, Fundación ibérica para la Seguridad Alimentaria. Inscrita en el registro de fundaciones de la Comunidad de Madrid con numero de hoja personal 255, Inscripción 1a, Tomo XXX, Folio 1 – 25. http://www.fundisa.org/articulos/fmetales.pdf, España.
  2. Brooks, C. S., (1991), Metal Recovery from Industrial Waste, Lewis Publishers, Michigan, U.S.A., 27-111.
  3. Chaney, R. L., Angle, S. J., y Baker, A. J. M., (2001), The Phytomining of Certain Elements, Cooperative Research and Development Agreement Nº 58-3k95-7-570.
  4. Spain, A., (2003), Implications of Microbial Heavy Metals Tolerance in the Environment, Reviews in undergraduate research, 2,1-6.

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